Nunca presté mucha atención a mis pies.
Me llevaron a través de largas jornadas de trabajo, viajes escolares, escapadas de fin de semana, y apenas me di cuenta de ellos.
Hasta la mañana en que todo cambió.
Salía corriendo por la puerta, ya tarde, cuando metí el pie en mis zapatos favoritos... y me quedé paralizada.
Un dolor agudo me recorrió la articulación del dedo gordo del pie.
Me quité el zapato de un tirón, molesta, pensando que quizás había pisado mal el día anterior.
Pero cuando presioné mi pulgar contra el costado de mi pie, lo sentí.
Un bulto duro.
Un bulto que no estaba ahí hace solo unos meses.
Al principio, me convencí de que no era nada, quizás un callo, quizás hinchazón. Esperaba que "se calmara" si lo ignoraba.
Me equivoqué.