Todo comenzó como para muchas personas: nada demasiado grave. Al principio, mis dedos solo se sentían un poco rígidos por la mañana. A veces me dolían después de un largo día de trabajo, especialmente al escribir o agarrar cosas con fuerza. Luego, una mañana, mi dedo de repente se bloqueó en una posición doblada y "chasqueó" cuando intenté enderezarlo.
Al principio, lo ignoré, pensando que era solo fatiga o uso excesivo. Pero la rigidez seguía regresando, y pronto, el bloqueo se volvió más frecuente y doloroso. Algunos días, me despertaba con el dedo atascado, incapaz de moverlo sin usar mi otra mano para abrirlo.
Cosas simples como sostener una taza de café o abotonar una camisa se volvieron frustrantes. Empecé a evitar las tareas domésticas, a escribir más lento e incluso dejé de hacer mis pasatiempos porque cada movimiento se sentía tenso y adolorido.
¿Lo peor? El dolor no desaparecía ni siquiera en reposo. Algunas noches, me despertaba con la mano palpitando, incapaz de volver a dormirme.
Eventualmente, comenzó a afectar mi trabajo. No podía escribir ni sostener cosas tanto tiempo como antes. Probé de todo: estiramientos de manos, compresas calientes, cremas antiinflamatorias; algunas ayudaron por un día, pero la rigidez siempre regresaba.
Cuando finalmente recurrí a los analgésicos, me di cuenta de que no podía seguir enmascarando el problema. Fue entonces cuando decidí ver a un médico, y descubrí que era dedo en gatillo, causado por la inflamación del tendón.